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viernes, 13 de febrero de 2009

Evangelio vs Mundo.



Uno de los temas que preocupó siempre a Merton fue el vínculo entre el compromiso cristiano y la realidad social concreta en que el cristiano vive la llamada, la vocación. Es el clásico dilema del lugar del hombre o la mujer de fe frente a eso que se llama "mundo", y que no siempre entendemos que realidad incluye o abarca. Merton tuvo que lidiar con este asunto, e ir descubriendo el papel de un monje en el mundo real. Aquí les propongo algo de su reflexión al respecto en uno de sus libros:


"El cristianismo y el mundo: es un asunto sobre el que, de repente, uno tiene que tener una respuesta aprobada. Yo no la tengo. La tradicional respuesta monástica, ciertamente, no es la "aprobada". La van olvidando los monjes, silenciosa y discretamente, como algo dado por supuesto, y la van asumiendo los poetas. Brendan Behan, por ejemplo, ha declarado que, por lo que a él toca, el mundo entero se puede ir al demonio. No es exactamente tampoco la fórmula monástica ( aunque supongo que ha habido monjes que no lo habrían deseado porque les habría parecido superfluo desearlo, ya que el mundo se había ido al demonio hace mucho).

La cuestión es que hay en el cristianismo, o en la cristiandad, y en el budismo, y en muchas otras religiones, una tradición de contemptus mundi, de desprecio del mundo, que necesita ser reexaminada y comprendida. Sin duda, originalmente, se pretendía que diera al creyente cierta libertad de acción, una distancia, un desapego, una liberación del cuidado, sin lo cual no tendría sentido tratar de amor a la gente del mundo.

Por desgracia, ese contemptus mundi se hizo una formalidad de organizaciones religiosas que, a su modo, eran muy mundanas. El concepto ascético de contemptus mundi se ha transformado radicalmente desde que se elaboró la distinción teórica entre poderes espirituales y seculares durante la lucha medieval sobre las investiduras. El contemptus mundi se convirtió cada vez más es un ascetismo de obediencia al servicio del poder "espiritual", o del partido de la Iglesia en política. Se daba por supuesto que uno despreciaba al "mundo" a la vez que buscaba los mismos fines que el mundo, pero por un diferente surtido de motivos. Así, con el tiempo, la oposición entre poder "espiritual" y poder "secular" ha llegado a ser, de hecho, nada más que el espíritu de rivalidad fraterna que supongo que existe entre Ford y General Motors. Y ahora se ha llegado a ver esto como lo que es: como una postura que tiene poco significado. ¿La respuesta aprobada? Actualmente todos parecen pensar que lo mejor sería una fusión que hiciera inútil todo contemptus, ¡sobre todo, dado que ahora todo el poder es, de cualquier modo, secular!

Sin embargo, de hecho, el problema no es tan sencillo. Se halla un acuerdo general en que la Iglesia debería adquirir un saludable y elocuente respeto hacia el mundo moderno: si no, no tendría lugar en él, sino es para reducirse al nivel de grupos marginales como los testigos de Jehová. Pero ¿en qué consiste ese respeto al mundo?

La posición conservadora mantiene cierto elemento de contemptus mundi tradicional. Estimulamos nuestra cohesión y nuestra moral fulminando ciertos asuntos típicos -especialmente la mala moral sexual, el control de nacimientos, el divorcio, la pornografía- que no sólo son obvios, sino también tipológicos, y que encarnan en sí mismos todo lo que queremos decir al hablar de "el mundo" y "el pecado". (Aquí tendemos a olvidar que tipifican la "carne" más bien que "el mundo". El mundo en la triada mundo-demonio-carne, representa la codicia de riqueza y prestigio, y eso rara vez se ataca. En realidad, aquí es precisamente donde, una vez satisfecha la conciencia cristiana con los anatemas dirigidos contra la carne, podemos llegar a un acomodo con el mundo, que, admitámoslo, nos ofrece un prestigio que creemos esencial para la difusión del Evangelio. ¡El mensaje del sacerdote que conduce un Oldsmobile seguramente es más creíble que el del que anda en autobuses!".


"Conjeturas de un espectador culpable"

Thomas Merton.

5 comentarios:

Carmen dijo...

Hola Padre Manuel, el amor y la consideración que sentimos por nuestros sacerdotes católicos no tiene que ver con sus bienes materiales. Es mi punto de vista. El amor nace de lo que su persona transmite, de su bondad y testimonio de vida.Lo mismo sucede con las personas laicas católicas que tienen bienes materiales.No son más ni menos por sus bienes.La solidaridad y generosidad puede expresarse de muchas formas...Un abrazo y gracias por todo lo que expone. Bendiciones.

Carmen

SAN dijo...

La mejor difusión del Evangelio es llevarlo a la práctica en nuestra vida y en nuestros actos. Y creo que el valor evangélico primero y fundamental, fuente de todos los demás, es el amor. Ese amor es incompatible con la codicia de riquezas y poder.
Es hora ya de no identiticar la moral con el sexo (acto humano, natural y manifetación de un sentimiento) o enjuiciar moralmente la decisión valiente y coherente de aquellas personas que cesan su convivencia cuando ha muerto en su matrimonio la comunicación y el amor (divorcio). O condenar el uso de métodos anticonceptivos como medida de prevención de embarazos o enfermedades. Identificar la moral con esos tópicos es demasido fácil, y quizá haya sido muy conveniente para algunos interpretarla así durante siglos. Pero pienso que la fe se tiene que hacer adulta y eso implica dar a cada cosa su valor y su época.
El afán de acumular bienes, poder y pretigio no sólo no da testimonio cristiano, sino que entra en contradicción con la ética.

inés dijo...

P. Manuel,
gracias por acercarnos esta reflexión de Merton que con su sentido del humor, la percepción de la realidad que le tocó contemplar a él en su tiempo y su modo de expresar su experiencia nos da algunas pistas de cómo ser cristianos comprometidos con la fe en el mundo de hoy.
Quiero mencionar aquí, que la espiritualidad de san Ignacio de Loyola con la experiencia de los Ejercicios Espirituales también nos da unas pautas claras en esto de ser contemplativos en la acción, para crecer en el servicio a los demás. Y pienso que la infinita cantidad de espiritualidades diversas que despliega la Iglesia en sus hijos es esencialmente seguir a Cristo pobre y humilde.
El prestigio a la larga pienso que no da lugar al crecimiento del Reino en el mundo, por más que venga camuflado como medio para evangelizar, pero no es fácil encontrar el equilibrio o la medida justa en esto como en tantas cosas de la vida, no es así?
Gracias, el blog tiene mucho para animarnos a vivir la fe,y crecer en la vocación de cada particular de los que pasamos por aquí, ánimo,
Inés

Anónimo dijo...

Ciertamente que eso de "estar en el mundo, sin ser del mundo" es complejo de realizar. La Iglesia no deja de ser una institución humana, que carga consigo también los pecados de la humanidad. Lo terrible no es eso, sino el hecho de no reconocerlo, y acabar luchando con el mundo por un poco de poder. Creo que es de eso de lo que habla Merton aquí.

Anónimo dijo...

El cristiano no puede dar la espalda al mundo. Eso es inconcebible. Al mundo nos envía Cristo, y en el mundo nacemos y vivimos. Otra cosa es aceptar pasivamente el mal. La mayor tentación es no reconocer la propia humanidad.

Ser parte de todo...

¡Oh Dios! Somos uno contigo. Tú nos has hecho uno contigo. Tú nos has enseñado que si permanecemos abiertos unos a otros Tú moras en nosotros. Ayúdanos a mantener esta apertura y a luchar por ella con todo nuestro corazón. Ayúdanos a comprender que no puede haber entendimiento mutuo si hay rechazo. ¡Oh Dios! Aceptándonos unos a otros de todo corazón, plenamente, totalmente, te aceptamos a Ti y te damos gracias, te adoramos y te amamos con todo nuestro ser, nuestro espíritu está enraizado en tu Espíritu. Llénanos, pues, de amor y únenos en el amor conforme seguimos nuestros propios caminos, unidos en este único Espíritu que te hace presente en el mundo, y que te hace testigo de la suprema realidad que es el amor. El amor vence siempre. El amor es victorioso. AMÉN.
-Thomas Merton-

Para intercambiar comentarios sobre Thomas Merton y otros maestros contemporaneos del espíritu.